CHICHINOLA
Como en
toda ciudad predominantemente urbana, el corazón de Huaraz late en su Plaza de
Armas, con su atractiva cúpula roja y las monumentales torres amarillas. Rodeada
de instituciones públicas y privadas que sostienen la economía local. Pero más
allá de las casas y negocios andinos y el bullicio administrativo, la plaza es
también escenario de una intensa y vibrante trama social y laboral. Allí
conviven vendedores ambulantes, canillitas, lustrabotas, lavadores de coches unidos
por el pulso diario de la subsistencia.
Entre ellos
destacaba un joven canillita —de contextura delgada, mirada viva y voz potente—
conocido por todos como “Chichinola”. Nadie recordaba ya su verdadero nombre,
pero ese apodo se convirtió en sinónimo de lucha, alegría y esperanza. Día tras
día recorría la plaza con su ruma de periódicos bajo el brazo, saludando con
simpatía a todo el que cruzaba su camino. Su sueño era simple, pero grande:
reunir suficiente dinero para comprarse un triciclo que le permitiera mejorar
su negocio, transportar más periódicos y ofrecer otros productos.
Durante
meses ahorró con disciplina y esfuerzo, resistiendo tentaciones y privándose de
muchos placeres cotidianos. Cada moneda era un paso más cerca de su meta.
Finalmente, el día llegó. Con el dinero en mano, firmó los papeles, hizo el
depósito y esperó con ilusión la entrega de su triciclo. Pero la promesa se
convirtió en un engaño cruel: fue “paseado” durante semanas por el distribuidor
local de periódicos que llegaba de Lima, hasta que comprendió que había sido
víctima de una estafa.
Aquel golpe
fue devastador. No solo perdió sus ahorros, sino también algo más profundo: la
fe en las personas. El entusiasmo que lo caracterizaba se apagó, su energía
decayó, y pronto cayó enfermo, consumido por el desánimo y la decepción. Sus
compañeros de la plaza, solidarios y conmovidos, se organizaron para recaudar
dinero y enviarlo a Lima, donde pudiera recibir tratamiento médico
especializado.
Pasaron los
meses. Un día, casi como un fantasma, Chichinola reapareció en la plaza.
Caminaba errante, empujando con las manos vacías un triciclo imaginario. Su
mente, fracturada por el dolor y la injusticia, lo había llevado a construir
una realidad paralela en la que nunca había sido estafado, en la que su
triciclo existía y lo impulsaba hacia adelante.
Los vecinos
y colegas lo miraban con tristeza y respeto. Algunos evitaban hablarle
directamente, otros lo saludaban con afecto, tratando de no herir su frágil
mundo. Él sonreía, convencido de que su esfuerzo había dado frutos, que su
sueño era real. Para él, el triciclo invisible era más tangible que cualquier
metal, porque estaba hecho del amor propio que había sido quebrado, pero que se
resistía a desaparecer del todo.
Chichinola
siguió recorriendo la plaza cada día, empujando su invisible carga, como
símbolo de una lucha que va más allá de lo económico: la lucha por la dignidad,
la perseverancia y la esperanza, incluso cuando todo parece perdido. (Historia contada
por Máximo Fernández, QEPD ,colega de Chichinola en los años 60)
Muy interesante..
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